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Mensaje por tata Dom Mayo 23, 2010 4:35 am

Los 'abuelos' de la Ertzaintza
Tres ertzainas de la primera promoción prejubilados relatan sus 28 años en el cuerpo
Los 'abuelos' de la Ertzaintza 6564814
1983. El comandante Carlos Díaz Arcocha da instrucciones a un grupo de alumnos en la Academia de Arkaute:: DV

«Ingresamos en la Ertzaintza sobre todo por la hipoteca y para mantener a la familia»
«Arkaute era como vivir en un mundo de carencias, pero tenemos buenos recuerdos»
«El asesinato por ETA de dos compañeros en Beasain marcó un antes y un después»
«Jamás podremos olvidar los cadáveres que hemos tenido que ver en estos años


«Esta es vuestra casa, ongi etorri denori». Con estas palabras dio la bienvenida oficial el comandante Carlos Díaz Arcocha -asesinado por ETA en 1985- a los 680 aspirantes de la primera promoción de la Ertzaintza que estrenaron el 1 de febrero de 1982 la Academia de Arkaute. Juan, Andoni y Josu fueron testigos del nacimiento de la Policía Autónoma Vasca, y tal día como ese, pero 28 años después, han sido de los primeros ertzainas prejubilados. Los tres prefieren utilizar nombres ficticios por motivos de seguridad pese a no pertenecer ya al cuerpo.
Admiten que el denominador común para entrar en la Ertzaintza fue la crisis económica que asolaba Euskadi a principios de los 80. «Teníamos que hacer frente a una hipoteca y mantener a una familia», afirman. El guipuzcoano Juan, un Clint Eastwood en versión euskaldun, de cuerpo espigado y fibroso, era montador de cocinas autónomo y quería «un trabajo seguro y con un bonito sueldo (en 1982 un policía alumno ganaba 40.000 pesetas mensuales), aunque también me gustaba poder sentirme un policía del pueblo y para el pueblo». En similares términos se expresa Andoni, también de Gipuzkoa, y que era ajustador mecánico. Reconoce divertido que pese a los años de ertzaina no ha podido borrar del todo un aire «curil» por ser aspirante a fraile antes que a policía. Curiosamente, en la primera promoción había varios ex seminaristas y al parecer uno había llegado a ser sacerdote.
Josu, bilbaíno, orondo que no obeso, tal vez por haber pasado más años en oficina que patrullando, veía que el laboratorio fotográfico en el que trabajaba tenía un difícil futuro. Consideraba el ser ertzaina un empleo como otro cualquiera. «Parecía que mientras la Guardia Civil y la Policía Nacional eran demonios nosotros íbamos a ser ángeles. Pero, la Policía es la Policía, y siempre estará sometida a un cierto desprestigio social», recalca.
Los tres recuerdan con toda claridad cómo llegaron ilusionados y expectantes a la Academia de Arkaute el 1 de febrero de 1982. Su antecedente era un complejo construido por la Diputación de Álava en 1974 destinado a ser un centro de educación especial para niños con discapacidad mental, y que seis años después fue permutado al Gobierno Vasco. Los aspirantes fueron enviados a sus casas hasta una semana después porque las obras de remodelación no habían concluido. Juan afirma que fueron «los conejillos de indias», mientras que Josu cree que aquello era «vivir en un mundo de carencias». Con todo, guardan buenos recuerdos. Por ejemplo, lo «paternal» que era el comandante Carlos Díaz Arcocha, que fue asesinado el 7 de marzo de 1985 cerca de Vitoria al explotar una bomba lapa colocada por un comando de ETA bajo su coche. Destacan que en Arkaute había tres militares más dedicados a poner en marcha la Policía Autónoma Vasca partiendo de cero y con el recuerdo de su efímera existencia en 1936.
Ni comedor ni habitaciones
Los tres 'abuelos', término utilizado por los agentes más jóvenes para referirse a los veteranos, confirman que los primeros meses no había comedor en la academia. Debían caminar en fila india «por la orilla» de la N-1, intentado esquivar las gélidas ráfagas de aire que despedían los camiones y turismos, hasta el cercano Hotel Iradier. Allí desayunaban, comían y cenaban, esperando turno en la calle «congelados de frío». «Algo impensable ahora por motivos de seguridad», admiten. No había habitaciones para todos y algunos compañeros tenían que dormir en los pasillos y en pequeñas aulas convertidas en «camarotes». Paradojas de la vida, el ex preso etarra Iñaki de Juana Chaos compartía una con Montxo Doral, asesinado por ETA en Irun el 4 de marzo de 1996 al explotar un artefacto colocado bajo su coche, a pocos metros de su casa.
Recalcan que «por no tener, no teníamos ni agua caliente para ducharnos, ni ropa de deporte, ni un gimnasio en condiciones. Hacíamos las pruebas físicas en una fría carpa gigantesca a la que llamábamos 'el globo'. Las prácticas de conducción eran con vehículos de un desguace. Juan señala que «éramos bastante anarquistas y la teoría era excesiva». Según Andoni, para algunos era «como estar en la mili». Los tres aseguran con rotundidad que «es mentira» que todos fueran del PNV. «Había nacionalistas, independentistas, de otros pensamientos... y hasta 'infiltrados'», precisa.
De los 680 aspirantes, 77 no acabaron la formación. El 27 de octubre de 1982 salieron a la calle los 278 primeros ertzainas, pero al día siguiente no participaron en tareas de seguridad con motivo de las elecciones generales. Quince días después la Ertzaintza sustituyó a la Guardia Civil de Tráfico en las carreteras vascas. Para enero de 1983 toda la primera promoción estaba en la calle, con jersey azul y no rojo, color al que se pasó en 1985.
En octubre de 1982, los tres agentes protagonistas de este reportaje pusieron fin a nueve meses de convivencia en Arkaute y recibieron sus primeros destinos. Juan salió de la academia como cabo y a los tres meses fue ascendido a suboficial. «Y hasta ahora», evoca. «Estos 28 años he sido jefe de servicios, o lo que nosotros llamamos J.O. (jefe de operaciones), encargado de dirigir y coordinar la labor de los agentes a sus órdenes». Su primer destino fue la custodia de la sede de la Diputación de Gipuzkoa en San Sebastián y de otros edificios del Gobierno Vasco, como el de la Plaza Lasala. Andoni fue destinado también a San Sebastián, a Radiotransmisiones, que era un centro de coordinación para comunicar las incidencias a comisarías y patrullas y requerir la presencia de ambulancias, bomberos y otros servicios de emergencias. Tampoco ha cambiado de 'oficio' en estos años. El tercero, Josu, salió de Arkaute como patrullero de Tráfico destinado en Vizcaya, su territorio natal.
Al igual que ocurría en Arkaute, en las comisarías todo estaba sin hacer y los medios eran muy precarios. El primer centro de Radiotransmisiones estaba ubicado en la sede de la Diputación, en lo que se conocía como 'El palomar', ya que era un habitáculo que estaba en el último piso y era el lugar que albergaba la antena. «Teníamos una mesa que era una tabla sobre dos caballetes, y para los bolígrafos utilizábamos un bote de coca cola. Los mapas de los municipios los hicimos nosotros, y la base de datos con la rudimentaria tarea de coger del listín números de teléfonos necesarios ante cualquier incidencia, grúas, ambulancias, bomberos....». No tuvieron ordenadores hasta 1984 más o menos, por lo que apuntaban todas las incidencias en folios y grandes cuadernos.
En Tráfico, al principio los medios materiales eran pocos, pero los suplían «con voluntad, ganas y profesionalidad», asegura Josu. Otros no se podían utilizar «por discrepancias entre los gobiernos vasco y central». El primer consejero de Interior, Luis María Retolaza, no pudo ver cumplido su sueño de que la Ertzaintza saliera a la calle a bordo de flamantes BMW. «Madrid decía: ¿Cómo van a llevar éstos BMW si la Guardia Civil tiene Sanglas?», recuerda con una sonrisa el ya ex patrullero.
El robo de ETA
Pero si hay algo que Andoni y Juan jamás podrán olvidar es lo ocurrido la noche del 28 de febrero de 1983. Un comando de ETA asaltó la comisaría de la Ertzaintza en la Diputación y se apoderó de 112 pistolas y abundante munición. El primero se encontraba con otros dos agentes en 'El palomar' y relata así lo sucedido: «Nosotros no nos enteramos de nada. Los etarras sorprendieron a los agentes y los amordazaron y maniataron, huyendo a continuación con las armas, algunos incluso utilizaron un coche patrulla para la fuga. Un compañero logró liberarse de las ataduras y nos alertó por teléfono desde el sótano. Al poco oímos unas pisadas. Pensamos que eran miembros del comando que venían a por nosotros. Un compañero sacó el arma y nosotros le dijimos que lo guardará, que nos podían acribillar. Al final, el que abrió la puerta era un ertzaina. El miedo que pasé se me ha quedado grabado para siempre». Juan tampoco se libró del impacto de aquella acción, «ya que fue uno de los primeros avisos de ETA de que nos consideraba sus enemigos pese a ser policías vascos».
La organización terrorista ha asesinado a quince ertzainas entre 1985 y 2001. Los tres interpelados coinciden en que el atentado contra dos agentes cuando regulaban el tráfico en Beasain marcó en el cuerpo un antes y un después, tanto a nivel personal como profesional. Admiten que desde entonces aumentaron sus medidas de autoprotección, pero dicen aliviados que en estos 28 años no han tenido que usar el arma. Juan desenfundó su pistola una vez, lo hizo para reducir a cuatro jóvenes que habían robado un coche. En aquel tiempo coordinaba a sus agentes en Errenteria, donde durante meses, todos los sábados por la noche, había violentos altercados. «Las protestas en La Alameda eran terribles, con hasta 2.000 manifestantes que teníamos que disolver. Era el Belfast de Euskadi. Allí se mezclaba violencia y trapicheo de droga», señala.
Tampoco olvida los disturbios por la celebración de La Salve en la Semana Grande donostiarra. «El primer año nos pillaron de novatos y resultaron heridos varios ertzainas; hasta tuvo que acudir un trailer de la Cruz Roja. Para la siguiente habíamos aprendido la lección y luego ya lográbamos controlar a los alborotadores sin bajas entre nosotros», cuenta orgulloso. En las manifestaciones «nos tiraban de todo, petardos, piedras... pero nunca temí por mi integridad física». Rememora que una vez pasó en Errenteria ante un coche bomba de ETA que estaba aparcado y que contenía un artefacto trampa. Los artificieros no pudieron desactivarlo y se produjeron grandes daños materiales.
A Juan, Andoni y Josu les duele e indigna que se acuse a la Ertzaintza de no actuar con la contundencia suficiente contra ETA y los violentos. El primero asegura que siempre los han combatido y lo justifica en que «no hay más que ver el número de bajas sufridas». También el enaltecimiento del terrorismo, «pero sin tanto bombo». «Yo mismo he cogido muchas veces un rodillo y pintura de la comisaría y he borrado pintadas. Y siempre hemos quitado pancartas de las calles», asegura.
Imágenes imborrables
Los tres ex ertzainas guardan en su memoria imágenes que jamás podrán borrar, sobre todo los cadáveres por accidentes de tráfico, siniestros laborales o suicidios. Subrayan el caso de un agente que murió arrollado por varios vehículos en la autopista A-8 a la altura de Zarautz. Andoni relata que un testigo tomó la emisora del coche patrulla y le comunicó el atropello. «Me quedé helado y totalmente bloqueado», confiesa con la voz un poco entrecortada todavía por el doloroso recuerdo. Josu fue de los patrulleros que vieron el cuerpo destrozado del agente y afirma que él tampoco podrá olvidarlo.
También tuvo que acudir a otro trágico suceso que todavía le causa escalofríos: una losa se desprendió del túnel de Malmasín, en Bilbao, y murieron un ertzaina, su esposa y su hija que viajaban en coche. Afirma que aunque parece que los agentes de Seguridad Ciudadana corren más riesgos, en Tráfico también se juegan la vida, «sobre todo cuando un conductor ha perdido el control de su vehículo y viene derecho hacia ti. Ahí aprietas el culo y te tiras al arcén», señala en tono jocoso.
Pero no todo han sido desgracias. Juan se vanagloria de haber salvado la vida a personas que se encontraban en peligro por un incendio, llegando a subir hasta los balcones por canalones aun a riesgo de perder su vida.
Josu confía en haber evitado accidentes y confiesa que en su trabajo como patrullero ha perdonado en ocasiones alguna multa a un infractor. No han faltado las anécdotas en los controles de alcoholemia donde ha visto a muchos conductores que daban positivo y justificaban su embriaguez en que estaban en paro o tenían problemas familiares o personales. «Por algunos sentías lástima y querías ser benévolo, y otros, al estar ebrios, se volvían bravucones y al final le sancionabas». En una ocasión, un hombre, «totalmente borracho» y que milagrosamente llegó a Getxo desde Zarautz con las cuatro ruedas pinchadas les espetó: «Vaya, ahora que estaba cerca de casa me teníais que pillar».
La prejubilación
En el capítulo de los derechos laborales, Josu recalca que fue testigo y protagonista de la «encarnizada lucha» sindical dentro de la Ertzain-tza, con expulsión de compañeros incluida. Durante varios años fue delegado de Erne y se dedicó a defender los derechos laborales de los agentes ante los responsables de Interior. En este terreno, critica que al jubilarse un «decretazo» les haya impedido cobrar una indemnización de 24 mensualidades que recogía el convenio colectivo.
La consejería de Rodolfo Ares alega que esa pensión correspondía al caso en que se jubilaran a los 65 años, por lo que aprobó un decreto que invalida esa cláusula. Juan y Andoni prefieren no polemizar y subrayan que lo importante es poder disfrutar del 100% del sueldo. La inmensa mayoría de los agentes prejubilados cobrarán la pensión máxima con pequeñas oscilaciones, en torno a 2.450 euros.
Cuando vieron la posibilidad de prejubilarse no dudaron ni un minuto. Los tres coinciden en que «era la hora de partir un modo de vida y empezar otro». Confiesan que al entregar la placa y la pistola sintieron pena y un vacío interior, «como que ya no eres nadie. Pero ahora lo que tenemos que hacer es vivir», subrayan rotundos e ilusionados.
El hijo de Andoni es también er-tzaina y cuando le comunicó su decisión de ingresar en Arkaute su padre sólo le dijo que sopesara la decisión y analizara cómo había sido su vida estos 28 años de ertzaina. Con todo, se muestra orgulloso, al igual que sus dos compañeros, de haber intentado cumplir la definición que hizo el poeta y periodista Lauaxeta del término Ertzaintza: «un cuidador del pueblo»
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En el aula. Aspirantes a ertzainas en una clase de teórica, en 1983. :: DV
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Ejercicios. 'Berrozis' realizan una práctica en el patio, en 1983. :: DV
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